Topacio y Felipe del Río
Si bien es cierto Topacio no era su verdadero nombre,
pero en los momentos en que acabas de conocer a alguien y teniendo la certeza
de no volver a verlo nunca, se antoja ser siempre otro.
Entre un lunes a una librería en el centro histórico
donde predominaba la venta de libros viejos.
Fui un niño que a los 13 años disfrutaba al encontrar libros de poesía lírica,
mi favorita ─después explicare porque─ sin embargo, ese gusto prevalece aún en
mí.
Aquella tarde sobre pequeños estantes había oferta de libros de todo tipo en 20
pesos.
La Navidad en las montañas, El Zarco, El sí de las niñas, Así Hablo Zaratustra,
una edición seminueva de Estas ruinas que ves atrapo mi atención.
Hojeaba deliciosamente cuando una vocecita pregunto:
─ ¿te gusta Ibargüengoitia?
Alce la vista mientras respondía y al mismo tiempo descubría una chica de
cabello negro y grandes lentes. Lo primero que le vi fueron los ojos,
parecían 2 canicas nuevas de color negro muy brillantes y enseguida su boca
grande pintada de rojo.
─Si, me encanta ─respondí. ─ ¿Te gusta a ti también?
─Si, ya leí todos.
─Wow se me hace tan raro encontrar hoy en día una chica que lea, aunque bueno,
no hace mucho me hice amigo de una.
─ ¿Y que más te gusta leer? Pregunté emocionado.
─Pues de todo, novela, ensayo, poesía.
Dios mío, mi alma gemela ─pensé.
─ ¿Y tú? Me pregunto mientras subía sus enormes lentes a la vez que arrugaba de
forma sexy su nariz.
─Ídem (palabra dominguera) me encantan sobre todo los poetas malditos,
Baudelaire, Gerad de Nerval, el conde de Lautreamount…
─No me suena ninguno, pero ¿Por qué son malditos? Pregunto interesada
─Por que encontraron la belleza en el mal.
─ ¿Hay belleza en el mal?
─Más de la que te imaginas ─dije tratando de parecer interesante.
─ ¡Uy! ─respondió con ironía y sin tantito miedo
─Pues no veo cómo cual. ─respondió altanera
─Te puedo querer como se quiere a la muerte tras la agonía del encierro en una
prisión perpetua en lo más alto de la montaña ─Es de un poeta maldito
contemporáneo. (O sea Yo).
─ ¿Lo ves? Eso fue hermoso y a la vez oscuro ─argumenté triunfante
─Mmm no está mal pero no compraría un libro de ese poeta ─dijo indiferente y
frunció la naricita otra vez.
─Pacatelas!! Eso sí dolió
─Bueno sin embargo siempre hay público para cada locura que se ocurra ─eso
también es mío─
Silencio incómodo. Hora de partir
─ Me tengo que ir. Y a todo esto ¿Cómo te llamas?
─Topacio
─Mucho gusto Topacio
─Yo soy Felipe del Río. (jajajaj un personaje de una vieja película del cine de Oro Mexicano)
─Mucho gusto Felipe
─Pues nada, buena suerte en tus lecturas.
Caminé hacia el metro, ya era tarde y el cielo amenazaba con llover. Entre a
una tienda de helados y me compre uno de frutas secas. Delicioso.
A las primeras gotas caminé hasta la estación de Bellas Artes y antes de pasar
mi tarjeta de acceso por los torniquetes, “I saw her standing there”.
Si. La vi ahí.
Los lentes le resbalaban por la nariz y buscaba en su bolsa-mochila, supongo yo
que su boleto del metro.
Me acerqué amigable para no apenarla.
─Hola Topacio
─Ah, hola
─ ¿quieres un boleto? Pregunte sonriendo
─ Si, te lo acepto porque no encuentro los míos y se me hace tarde ─respondió
mientras mascaba un chicle y tronaba una bombita
─Pues vamos.
Subimos al metro y tome una foto mientras tronaba otra bombita.
─Pues nada Topacio, me despido por segunda vez, mi verdadero nombre es Legión
─Mucho gusto Legión, yo soy Lilith
Reí de verdad encantado por el nivel de su ironía y salí del vagón sin dejar de
verla y de decirle adiós con la mano.
Bruno Peña Ruiz
4/09/2013
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