Un encuentro fortuito

No hace mucho tiempo, cerca de las 4 de la tarde, salí del edificio de posgrado ubicado en la zona de Perisur luego de presentar un examen final que, por cierto, aprobé exitosamente. 

Estaba dispuesto a celebrar comiendo unos deliciosos tacos que venden a unas cuantas calles de allí. Caminé apresurado debido al antojo y, justo antes de llegar, un tipo pálido vestido de manera extraña me abordó diciendo:

─Disculpa, ¿tendrás una moneda que puedas darme para mi pasaje?

 Se trataba de un joven de edad impredecible, de cabello castaño claro y quebrado, muy delgado; su ropa parecía fina, por lo que un vagabundo no era.

 ─ Vaya, precisamente ahora no traigo una moneda —y era cierto—. Solo contaba con un billete de $50.

 ─ ¿Me invitas algo de tomar? Tengo sed —preguntó. Su mirada parecía sincera.

 ─ ¿Un refresco está bien?

 ─ ¿Podría ser una cerveza?

 Este me quiere ligar, pensé. Pero antes de manifestar mi negativa, pareció adivinar mi pensamiento y dijo:

 ─ Mira, yo no soy de aquí, me mandaron por cuestiones de trabajo y, digamos que no me dieron viáticos, pero creo que necesito tomar algo que me calme.

 Por algún motivo, le creí.

 ─ Está bien, vamos a un bar, está a solo unos pasos de aquí. Es un buen lugar y podemos tomar cerveza; la música y el ambiente son agradables.

 ─ Muy bien, te sigo —dijo.

Entramos al bar y nos sentamos en una mesa que estaba casi al fondo. Estaba lleno de chicas lindas que lo miraban. Sin embargo, yo estaba más interesado en observar cómo se comportaba ese tipo que en todas esas bellezas que entraban y salían como abejas a un panal.

 Hablaba bien el español, por lo que el cuento de que era extranjero no me lo tragaba. Así que seguí su juego y pedimos una cerveza.

 ─ ¿Y cómo te llamas? —preguntó mientras esperábamos al mesero.

 ─ Bruno.

 ─ Yo soy Eliel.

 ─ Mucho gusto —dije en tono amable.

 ─ ¿Y estudias aquí?

 ─ Sí. Economía.

 ─ ¿Y tú?

 ─ Yo no terminé la escuela. Estudiaba periodismo.

 ─ ¿De dónde eres? —pregunté.

 ─ De un pueblo muy pequeño en el estado de Guerrero.

 ─ ¿Y qué haces aquí, Eliel?

 ─ Ya te lo he dicho, vengo por cuestiones de trabajo. Llegó el mesero con la cerveza y dos vasos de plástico. ─ Te cobro —dijo amablemente el mesero.

 ─ Claro —respondí al tiempo que sacaba mi único billete de $50. Eliel se quedó mirando mi cartera.

 ─ Salud, Eliel.

 ─ Salud, Bruno.

A pesar de la lluvia y el mal tiempo, hacía calor. Y aunque no me gusta la cerveza, esta vez estaba deliciosa. Eliel se bebió de golpe casi medio vaso y luego me miró contento.

 ─ Está buena.

 ─ Jajajaja, si, no mentía.

 ─ ¿Y a qué te dedicas, Bruno?

 Pronunciaba mi nombre como si llevara tres erres: Brrruno.

─ Soy empleado en el gobierno, trabajo en el área de sistemas informáticos. Ya sabes, quitar virus, formatear equipos, instalar programas, internet, etc. Ya se había terminado su vaso de cerveza y se servía el segundo.

 ─ ¿Y tú, Eliel?

 ─ Mm, digamos que estoy en la parte de seguridad de una empresa muy importante.

 "¿Policía?" (Obviamente no, y menos con esa apariencia de Justin Bieber), pensé.

 ─ Algo así, pero encubierto —respondió.

 Ahora yo había terminado mi cerveza y ambos volvimos a llenar los vasos.

 ─ Agente especial, supongo.

 ─ Exacto —dijo.

 Se bebió de un sorbo medio vaso. De plano, el tipo ya me había aburrido.

 ─ Bruno, si en tu trabajo te dieran una instrucción precisa, pero te dieras cuenta de que afecta tus intereses personales, ¿la llevarías a cabo de cualquier forma?

 ─ Si perjudica mis intereses, buscaría la forma de complacer al jefe, pero también de no afectar lo mío.

 ─ ¿Eso es posible? —preguntó seriamente.

 ─ Claro que sí.

 Se bebió el vaso completo y lo llenó de nuevo con lo que quedaba en la botella.

 ─ ¿Y cómo?

 ─ Obvio, depende de qué situación, pero siempre se puede.

 ─ Siempre se puede —repitió para sí mismo.

 Nos trajeron botana, de esos esponjosos color naranja, pero ya no había cerveza.

 ─ Ya dime de qué se trata —dije molesto.

 ─ Ok, no sé por qué me estoy animando a contártelo, pero debe ser la cerveza.

 ─ ¿Les ofrezco algo más? —preguntó el mesero.

 ─ No, muchas gracias.

 ─ Sí, otra cerveza —dijo Eliel mientras sacaba un billete de 200.

 Pinche estafador, pensé.

 ─ Mira, Bruno, lo que te voy a decir es bastante delicado. Pero deja que me tome otro vaso de cerveza.

 El mesero a tiempo dejó la cerveza sobre la mesa y Eliel llenó su vaso y luego el mío. Bebió esta vez todo el vaso completo y dije:

 ─ Perdón, pero ¿acaso no me pediste a mí una cerveza porque no tenías dinero? ¿O me equivoco?

 ─ Olvida eso. Escúchame bien, Bruno. Tengo un problema gordo. Para empezar, soy un ángel.

 ─ Jajaja. (Este güey se ponía gracioso, pensé).

 ─ ¿Y luego? —pregunté, entre encabronado por mis $50 pesos y divertido por sus tonterías.

 ─ Pues que Dios me mandó a cuidar a una chica para que otra no le haga daño.

 ─y?

 —Pues, que esa "otra" fue mi novia en Acapulco.

 —A ver, déjame entender: tú estás muerto, te hicieron ángel y ahora buscas desobedecer a Dios para beneficiar a tu novia.

 —Así es —respondió mientras limpiaba su boca luego de otro medio vaso de cerveza.

 El tipo estaba loco o había comido pintura.

 —Supongamos que fuera cierto lo que me dices. Dios todo lo sabe, seguro ya escuchó tu plan y te espera una temporada en el infierno, y de paso a mí por ayudarte. (La idea me divertía)

 —No es así, los ángeles no tenemos supervisión, al morir nos borran la memoria y nos reutilizan, pero en mi caso algo falló y solo me dieron la virtud de ser un ángel, pero recuerdo gran parte de mi vida anterior. Incluso puedo decirte que este no es mi rostro, yo me veía mmm mejor, en mi vida anterior.

 El tipo de verdad que convencía; por instantes me sentía en verdad frente a un ángel, pero no quise interrumpir su diálogo, así que le seguía el juego esperando escuchar una contradicción.

 — ¿Y qué ventajas tienes de ser un ángel?

 —Pues, solo puedo transportarme rápidamente de un lugar a otro, no tienes sueño ni hambre... (primera contradicción, estaba bebiendo cerveza)

 —...y la cerveza es por el simple recuerdo que me queda como humano.

 —Ya veo. Bueno, al grano, muéstrame algo que me asombre.

 — ¿Y prometes ayudarme? —preguntó.

 —Claro, quid pro quo.

 —Está bien.

 Tomó otro vaso de cerveza lleno y luego de limpiarse la boca me mostró su mano.

 —Observa bien la palma de mi mano.

 Me acerqué y tomé su mano y en la palma, justo en el centro, a través de la piel se veía un diminuto sistema solar en movimiento. Era asombroso.

 — ¿Qué se supone que es, Eliel?

 —Es nuestro reloj.

 —Vaya, esto es increíble, (me quedé congelado).

 — ¿Ahora me crees? —Me preguntó.

 —Sí. Y no mentía.

 —Ok, ahora dime, ¿tú qué harías? —preguntó cada vez más serio.

 —Primero dime, ¿por qué siendo un ángel no eres más inteligente y sabio? 

—pregunté.

 —Pues no sé, hay niveles como aquí en la tierra. Soy un simple gato, un ángel de la guarda común y corriente, con los siglos puedo ascender a querubín y con suerte y una buena palanca puedo ser arcángel, pero con esto que vamos a hacer, dudo mucho que me quede arriba.

 — ¿Vamos a hacer? No me embarres —dije un tanto preocupado. 

 —Yo solo te diré lo que haría en tu lugar, luego ya es tu problema."

 —Bien, Bruno, lo acepto.

 —Pero antes dime, ¿me puedes hablar del futuro?

— ¿Qué será de mí? 

 —Que te digo que sólo soy un ángel, no tengo ni idea de qué pasará mañana, ni quién ganará la lotería, y no sé si la selección llegará al mundial.

 —¿Les ofrezco algo más? —preguntó el mesero.

 —Otra cerveza —dijo Eliel.

 —Ok, acepto. Háblame de ella.

 —Su nombre es Ana Claudia, la niña más risueña y dulce del universo, pero enfrenta un desafío importante. Desde su infancia, ha soñado con ingresar a una escuela de actuación aquí en la ciudad. Sin embargo, su mejor amiga Berenice también se ha contagiado de ese sueño y anhela fervientemente formar parte de ese entorno."

 —Pueden entrar las dos, ¿Cuál es el problema? Las escuelas son grandes aquí —dije.

 —Sí. Pero por cuestiones de destino, Dios quiere que solo Berenice entre y Ana Claudia, mi amor, se quede en Acapulco.

 — ¡Qué diablo de Dios es este! ¿Y por qué no te mandó a cuidar a Claudia? —pregunté molesto.

 —Eso mismo pregunté y me salieron con la tontería de que los designios de Dios son misteriosos.

 —La cosa es que me advirtieron que solo ha habido un ángel que se ha revelado y bueno, ya conoces el resto de la historia.

 —Si, conozco la historia y al muy tal.

 —Bien, recapitulando, si Claudia, tu novia, lo que más desea en la vida es entrar a esa escuela, pues podrías sabotear a una tercera persona y listo. Claro, elige a una de esas chicas flojas que sabes que simplemente no la van a hacer y ya está.

 —No. No me entiendes, no puedo alterar ni hablar con nadie de nada. Según las instrucciones, debo solo cuidar que a Berenice no le pase nada y de Claudia no tengo idea de qué pueda pasar, solo sé que Berenice se quedará en la escuela y Claudia no. Mi Claudia va a sufrir mucho.

—Lo siento Eliel, no se me ocurre ninguna idea que podamos llevar a cabo y que sea legal y divino al mismo tiempo. Todo lo que se me ocurre resulta retorcido y malvado. Por ejemplo, romperle una pierna a Berenice sin consecuencias graves, obviamente. 

Solo un pequeño dolor y listo, ella no acudirá a la entrevista. Así Claudia se queda con la oportunidad, y pronto Berenice se recuperará y regresará el próximo año, y todos estaremos felices." 

 — ¿Y si se entera Dios? —preguntó en voz bajita.

 —Pues se la volteas. Le dices que sus gatos no hicieron bien su trabajo, que tú todavía recuerdas cosas de tu vida pasada y listo, le dices que, según tu libre albedrío, actuar así fue lo que te dictó tu conciencia, luego te arrepientes, pides perdón y ya está.

 — No mames, Bruno, Dios lee la mente.

 —Por eso, finalmente, y como diría un abogado retorcido: Dios dijo que todos los ángeles lo obedecieran, pero no dijo nada de los “medios ángeles”. Por lo tanto, si los de tu clase aún no están clasificados, no hay desobediencia alguna.

 —No creo que funcione, sin embargo, lo voy a intentar. La amo tanto y tan profundamente, a costa de mi propia salvación, y eso que ya he conocido el cielo.

 —Disculpen que interrumpa —dijo una voz desconocida.

 Alguien nos había escuchado.

 Se acercó un señor muy delgadito, de ojos hundidos y mirada serena.

 —No pude evitar escuchar su plática. ¿Me permiten opinar?

 Eliel se quedó pasmado y sin poder hablar. A mí me andaba mucho “del uno”, pero no sé si era por la cerveza o porque el viejito pareció intimidarme de una forma muy extraña.

 —Adelante —dije al fin.

─Hace muchos años no escuchaba una conversación así ─decía mientras se sentaba en la pequeña mesa circular y sacaba al tiempo un cigarro barato de su vieja chamarra.

─ ¿Están bien o les ofrezco algo más? ─preguntó el mesero.

El viejito lo miró y el mesero se quedó sin habla.

─Estamos bien hijo, por ahora nada.

El mesero se fue.

─Les decía, hace mucho no escuchaba algo tan interesante y divertido. Pero tengo muchos años y los viejos siempre saben más. Lo que piensan hacer no es buena idea.

Eliel estaba contrariado, quizá un tanto asustado, pero reflejaba más una profunda tristeza.

─ ¿Y usted qué haría? pregunté serio.

─Todo ha de cumplirse. Cada momento, cada beso, cada cerveza que se abre y cada cigarrillo que se acaba. Cada risa y cada llanto, cada encuentro y cada despedida, todo ha de cumplirse. La vida es como un collar inmenso del que no puede romperse el hilo porque todas las piedritas se caerían y se perderían para siempre.

─Nadie me entiende ─dijo Eliel con llanto en los ojos─. He muerto en vano y ahora ni como ángel puedo hacer nada.

─No fue en vano ─le dijo el viejo.

─Pues qué vida tan mierda ─dije yo.

─ ¿Te parece? preguntó el viejo. ¿Has pensado cuántos días de tu vida no los disfrutas? Haciendo todo menos ser feliz. 

Mira mi cigarro, se acabó y no lo disfruté porque no me detuve unos minutos a disfrutarlo. O el chaval de aquella mesa que toma la cerveza para nublar su realidad sin detenerse ni un instante a observar cómo lo mira su amiguita que hoy vino solo por hacerle compañía, porque en realidad ella odia la cerveza. Y él, simplemente no se dará cuenta jamás.

¿Ves al chico gordito que está a su lado? Él la mira con amor y no ha bebido nada porque quiere cuidarla. Pero ella tampoco se dará cuenta de eso.

¿Y por qué?

─preguntó mientras daba una fumada larga a su cigarro hasta hacer tronar el tabaco.

─Porque piensan siempre que les queda mucho tiempo. Gran error. Jamás tienen el tiempo de observar cómo los miran los demás, lo que dicen en voz baja o entre líneas y así le cierran las puertas al amor, y muchas veces no vuelve a aparecer.

Eliel lloraba con la cabeza entre los brazos y sobre la mesa.

El viejo lo miraba serenamente.

─Voy rápido al baño ─dije.

Me moví directo al baño y cuando regresé, el viejo encendía un tercer cigarro.

─Y bueno entonces ¿Qué haremos? ─pregunté.

─ ¿Ya pensaste en pedirle ayuda al de abajo?

El viejo me miró molesto y dijo:

─Ni se te ocurra.

─Pues entonces revélate, Eliel ─dije decidido.

Eliel pareció considerarlo.

─Basta

─dijo el viejo ya molesto─. Haré algo que puede costarme muy caro pero dado que jamás había visto ni escuchado nada similar lo haré como excepción.

El viejo sacó una agenda pequeña y muy vieja con hojas amarillentas y algunas desprendidas. Sacó unos lentes con uno de los cristales estrellado y un lápiz viejo y mordido, sin goma, pequeño.

─Claudia, Claudia, Acapulco, mmm, este caso es difícil, mucho trabajo en Acapulco. Aquí está.

Yo ya no entendía nada.

Se acercó a Eliel y en voz baja le dijo:

─Haz lo que te piden. Claudia va a estar bien por mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo según mi agenda.

Me empezó a dar náuseas nuevamente y no era por la cerveza. Me di cuenta de que nadie, pero nadie, absolutamente nos miraba desde que el viejo se sentó junto a nosotros.

Eliel secó sus lágrimas.

─Muchas gracias, de verdad ─dijo Eliel ahora con una tranquilidad que reflejaba en su rostro.

─No todo es lo que parece ─dijo el viejo.

─ ¿Quién es usted? ─pregunté en voz baja al viejo.

─Sabes bien quién soy, Bruno.

─La muerte ─pensé y el viejo sonrió.

─Me voy, jóvenes, de vez en cuando escuchen a los viejos, siempre tenemos algo que aportarles.

Nos vemos, Bruno.

─ ¿Pronto? ─pregunté con miedo.

─Disfruta tus días.

─ ¿Días? ─pregunté más asustado.

─mmm... Veamos, B… Bruno, Bruno… ─decía el viejo mientras consultaba su vieja agenda.

─No quiero saber ─dije casi gritando.

─ Jajajaja ─se rio el viejo y movió la cabeza negando.

─De todos modos no iba a decirte nada.

Y salió del bar mientras encendía otro cigarrillo sin parar de reír.

A los pocos minutos, Eliel se despidió de mí.

─Gracias, Bruno y buena suerte.

─Adiós, Eliel ─dije aun temblando con una mezcla de emoción, miedo y euforia.

Sí, a Dios, no hay de otra ─respondió y se fue.

 




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