Mariana
Mariana salió cuando aún no se daban los primeros rayos
del sol.
Dejo “La casita”, como le decía al pequeño departamento
que habitaba desde que llego a la ciudad. Había dejado un correo electrónico en
el buzón de Mauricio.
Era imposible hacerlo de frente. Simplemente no habría podido despedirse.
─No hay duda. Fue cuestión de suerte haberte conocido. ─Pensaba
mientras se alejaba de aquel lugar.
Llevaba más recuerdos que ropa en las maletas. Decir adiós nunca fue tan
duro para ella. Por primera vez sintió con él, el fuego azul que le quemaba el
cuerpo sin hacerle daño y que la recorría cada vez que se encontraban por
casualidad en los pasillos de la facultad.
La de la libertad era ella, porque él aún tenía que avisar en casa para poder
salir a verla después de las 9:00pm.
Pese a que los dos tenían apenas 22 años, Mariana maduraba cada día un poquito
más, muchas veces en contra de su voluntad.
Abordo el taxi rumbo al aeropuerto. Falda corta color blanco, unas botas
negras, una blusa a cuadros rojo negro y naranja, cabello suelto y una coronita
que le daba un toque hippie.
Paso el taxi cerca de un restaurante de comida rápida donde desayunaron muchas
veces. Sintió algo que apretó su estómago, pero no lloró. Mariana jamás
lloraba.
Mauricio parecía perfecto, pero descubrió que después del sol, la noche brilla.
Un amor histriónico es el que Mauricio sentía por ella.
Jamás fueron suficientes los te quiero, ni los besos ni la entrega que ella
daba con los ojos cerrados.
Pero era bueno.
A su lado ella siempre fue ella misma y estaba segura que no
volvería a sentir algo así jamás.
Podría haberle dicho cuanto realmente le amaba, pero no lo hizo.
El correo solo contenía algunas líneas:
─En cualquier lugar donde me encuentre, me pierdo por ti y me llevo el
alma llena de tus sueños.
Llegó al aeropuerto y apenas comenzaban a dejarse ver los primeros rayos del
sol.
Se sentó a esperar la última llamada de abordar.
Saco un dulce de amaranto y sonrió al recordar que se llamaban
"Alegrías", hojeo un folleto y pensó:
─Iré a Huatulco en cuanto pueda.
Reviso el móvil y ya casi no quedaba batería.
Mauricio habría suplicado de rodillas que no se fuera. Habría llorado y se
habría dañado su alma de verla partir, de ver como se escapaba de sus manos
irremediablemente.
Ella lo sabía perfectamente.
Pero Mariana tenía prisa. Tenía planes y no podía estacionarse en el amor.
Qué difícil es para ellas romper un corazón. Nadie nunca se detiene a pensar
eso. Su alma también se lastima. Desde niñas cae sobre ellas el peso de algún
corazón hecho trizas. Una terrible presión emocional, que pasa de las Barbies a
las cartas de amor en un abrir y cerrar de ojos.
No hay casi tiempo para ser niña, aquí tienen la razón verdadera de por qué
maduran antes que nosotros.
Por supervivencia.
Deben aprender solas como resolver las consecuencias de una mirada furtiva o de
una sonrisa dulce.
Mariana pensaba en su destino, en su cabello que había amanecido más reseco y
en los pocos billetes que quedaban en su cuenta.
También pensaba en los abuelos, en la vida separada de sus padres, en la
hermana que nunca tuvo, pero en Mauricio no pensaba nada o casi
nada. Sin embargo, ella le amaba con toda las fuerzas de su alma.
Abordó por fin el avión de las 7:45 la misma hora en que Mauricio salía de la
ducha. También la misma hora en que a veces se escapaban para estar juntos.
No llevaba nada de él.
Ningún recuerdo que pudiera guardar en una caja y verlo con el paso de los
años.
Mauricio en cambio le habría pedido todo lo que más pudiera ella darle, un
cabello, alguna prenda con perfume, cualquier cantidad de cosas que la
recordaran.
Mariana lo llevaba en la piel, escondido en un rincón del pensamiento a donde
nadie llega.
Ahí donde verdaderamente guardan sus secretos.
No nos extrañe que ellas de repente quieran partir. Son libres como las aves,
efímeras, mágicas, impredecibles.
Es hoy cuando hay que amarlas, mientras aún podamos verlas, sentirlas,
escucharlas.
Dejemos en secreto todo el sufrimiento que Mauricio vivió al saberla lejos.
Y de Mariana….
Mariana está bien.
Cumpliendo su destino ríe cada vez que puede, recuerda, extraña, añora, pero no
llora.
Mariana jamás lloraba.
8/10/2013
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